Memoria de una pérdida
Es un día cualquiera, como cualquier otro. La tarde ha pasado tranquila; el invierno está a la vuelta de la esquina y el frío penetra por las rendijas de la ventana, mientras al calor de una manta —y alguna que otra capa más— mantienes la temperatura corporal. Hoy toca cena de sofá, mientras ves con tu pareja un vídeo en la tele. No hace ni una semana que estabais escuchando en ese mismo salón el vinilo de Mayéutica con unas amigas. Pero ese momento parece lejano ya, perdido en la bruma de la rutina que te embota nada más llegar, plácida y segura. El sueño comienza a invadiros, a ella más que a tí, que tienes un especial interés en lo que estás viendo, aunque mañana probablemente apenas recuerdes algún detalle. Bien pasada la hora de dormir —mañana madrugáis— apagas las luces mientras ella se lava los dientes; después tú. El sueño —ahora sí—, como un titiritero tirando de los hilos de tu cuerpo, te transporta mecido hasta la cama, donde te dejas ir hasta que suene el despertador.
Para algunos, la vida es galopar un camino
empedrado de horas minutos y segundos,
y yo, más humilde soy, y solo quiero
que la ola que surge del último suspiro
de un segundo, me transporte mecido hasta el siguiente.
Es un día cualquiera, como cualquier otro. Amaneces bajo el calorcito del edredón, remoloneas un poco. Miras el móvil, aún adormilado, mientras ella pulula por el pasillo. Te sientas en la cama, sintiendo el frío de la madrugada, mientras tu cerebro procesa lo que estás leyendo. —¿Qué? ¿Se retira?— Piensas, al ver la frase de despedida. Pero no. Tu cerebro, adormilado aún, comienza a entender. Buscas, y lo primero que encuentras confirma tu peor temor. —No puede ser— Corres a decírselo a ella, incrédulo, devastado.
—Se ha muerto Robe.
Las palabras cuajan en el aire con un eco sordo. Ella te mira. —¿Qué? —Puedes sentir la repentina sorpresa en su respuesta. De repente, dentro de ti, algo que no sabías que existía —al menos no con esa intensidad— se rompe. Nunca habías sentido ese dolor por una persona… extraña. Ahora lo comprendes, aquellas ocasiones en las que alguien lloraba la muerte de su artista favorito, y tú, ajeno a su conexión, no comprendías la magnitud de su dolor, se revelan ante ti, como una sombra de la que no ves el final. El vínculo que habías creado con él, no era de persona a persona, pero era tan personal, que quema.
Tal vez, si pudiera hablarte
de si fuera cierto,
que el poder del arte
bien nos pudiera salvar
de una vida inerte,
de una vida triste,
de una mala muerte,
bien nos pudiera salvar...
Y ya no es solo el vínculo que tuvieras con él, sino los vínculos que a través de su arte él te ha proporcionado con otras personas. Gente con la que has conectado, que por desgracia lo acaban de descubrir, y que apenas han podido verlo en los escenarios —o ni siquiera eso—. El día avanza, como un camión sin ruedas, arrastrándose entre noticias, homenajes, comentarios… Y la vida sigue, pero aún así a veces la vida tiene que hacerse a un lado, porque entre todo el ruido necesitas algo de luz.
Quiero volver a empezar
una noche sin luna,
que quiero verte brillar
cuando esté todo a oscuras,
Una luz de agarradero
necesito porque el suelo
se mueve, en serio,
se mueve, me desequilibra.
Ahora ya lo entiendo. Supongo que nunca me había unido algo tan íntimo y a la vez tan ajeno, capaz de hacer temblar el suelo bajo mis pies. Contigo se va el tiempo que te faltó por compartir con el mundo, y aunque sea un leve consuelo, solo espero que el poder del arte, te haya salvado a ti también de una vida triste, y de una mala muerte.